Carlomagno y sus leudes.

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La historia consagró a este personaje que vemos en la estatua adjunta con el magnánimo nombre de Carlomagno, sin embargo, su nombre oficial fue Carlos I el grande, nacido en Aquisgrán en el año 742, hijo primogénito del rey de los francos Pipino el breve, que, a la edad de dieciséis años heredó el trono de su padre a la temprana muerte de éste y, con el tiempo, completó su reino con los territorios orientales concedidos a su hermano Carlomán, al morir éste en el año 771.

Su política expansiva continuó con la conquista y anexión del reino lombardo (el norte de Italia), realizada en el 774, mediante una alianza de los francos con el Papado. Dominada Italia (aunque pervivían tendencias particularistas, especialmente fuertes en los ducados meridionales de Spoleto y Benevento), Carlomagno concentró sus energías en la conquista de Sajonia (norte de Alemania), empresa que le exigió dieciocho campañas sucesivas entre los años 772 y 804. 

Carlomagno dominaba así el más importante reino de la Europa de su época; pero para mantenerlo tuvo que combatir continuamente: unas veces contra rebeliones o resistencias internas y otras para asegurar las fronteras contra enemigos exteriores.

Entre estas últimas cabe destacar la guerra contra los ávaros en la frontera oriental, que le llevó a dominar los territorios actuales de Hungría, Croacia y parte de Serbia; y también un intento infructuoso de penetrar en España, abortado por la derrota que le infligieron los omeyas y los vascones en la batalla de Roncesvalles (778), pero que le sirvió al menos para crear una Marca Hispánica sometida al reino franco, que iba de Pamplona a Barcelona.

La extensión geográfica del reino de Carlomagno correspondía a la totalidad de lo que hoy son Francia, Suiza, Austria, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y la mayor parte de Alemania, Italia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Croacia. Ha sido considerado por ello un predecesor de la unidad europea.

Ningún monarca había reunido en su mano un territorio tan extenso desde la caída del Imperio Romano (476) por lo que no es de extrañar que la idea de la restauración imperial se abriese paso, ligada a la alianza estable que Carlomagno mantuvo con el Papado.

El día de Navidad del año 800 el Papa León III coronó a Carlomagno emperador, dando comienzo así un nuevo Imperio Germánico.

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Los franceses que, como ya hemos visto en otras ocasiones, cuidan de su historia y la tienen presente, dedicaron este monumento a Carlomagno con motivo de la Exposición Universal de 1878.

El éxito de la estatua fue tal que el Ayuntamiento parisino tuvo a bien conservarla y trasladarla a la explanada que está situada delante de la Catedral de Notre Dame. Fue realizada por los hermanos Charles y Louis Rochet con un realismo tal que la espada de Roland (llamada Durandal) se cree igual a la original, así como la corona de Carlomagno es una réplica exacta de la misma que está en el Museo de Nuremberg.

La estatua lleva el nombre de “Carlomagno y sus leudes”, término éste último que, referente al Reino de los Francos y particularmente en la época merovingia, podría traducirse como “fieles del rey”. En realidad, alude a los nobles terratenientes que dependían del rey, los cuales, por cierto, no siempre se le mantenían fieles sino que muchas veces conspiraban contra él. Pero como se suponía que debían serle fieles, se utiliza esa expresión más allá de que lo fueran o no. Junto a Carlomagno se colocan a Roland y Oliviers, dos de sus paladines, haciendo las veces de escudero.

Este Roland es el famoso Roland del romance “la Chanson de Rolan”.

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Cuenta la leyenda que el famoso Roland fue llamado así porque al nacer cayó rodando al suelo (rouland). Era hijo de la princesa Berta, hermana de Carlomagno y del duque de Angers. Roland vivió su infancia en parajes campestres de Italia y Francia, en contacto abierto con la Naturaleza.

Pasados los años, se convirtió en uno de los más famosos caballeros de la época, por su destreza, su porte arrogante y su extraordinaria bravura. Con su tío Carlomagno, marchó un día al histórico combate que había de dar lugar a la derrota de Roncesvalles, en la que el emperador, viendo próxima la derrota y su ejército desvencijado, huyó por los montes.

Roland, como un cadáver más, quedó allí, abandonado y herido, sepultado por el cuerpo inerte de su caballo. Cuando volvió en sí, y comprendió su precaria situación, se levantó con un sobrehumano esfuerzo apartando a su montura con ayuda de su poderosa espada Durandal, y apoyándose sobre una roca.

Dicen que todavía pueden verse las huellas de sus dedos sobre la piedra, como testimonio de su descomunal fortaleza. Roland contempló unos momentos el terrible panorama y trató de orientarse para buscar el camino a Francia; pero tuvo que hacerlo con cautela, porque el enemigo estaba al acecho. Después de dos días y dos noches, de grandes penalidades, trepando y escondiéndose entre los riscos, Roland consiguió llegar hasta el valle de Ordesa.

Una vez allí, sólo tenía que trepar por las empinadas montañas que cerraban el valle. Pero el enemigo estaba cerca; ya podía escuchar el rumor de las tropas que lo perseguían, y notar el aliento de los perros que olfateaban su rastro. No obstante al ver que la noche se acercaba, hizo un esfuerzo más y logró llegar ante el último repecho de la montaña y escapar.

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Carlomagno murió en el año 814 y había previsto que, a su muerte, el Imperio se repartiera entre sus tres hijos; pero la muerte de dos de ellos retrasó la fragmentación hasta el momento en que murió el único sucesor superviviente, Ludovico Pío, que también dividió el Imperio entre sus tres hijos (Tratado de Verdún, 843).

La dinastía Carolingia siguió al frente del Imperio hasta comienzos del siglo X, y en el Trono de Francia, hasta el 987.

 

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