Disney-París. “Un viaje a otro mundo” (por Sergio).

 

El Capitán Garfio.

El pasado viernes 21 de Junio (2013), Sergio, mi hijo mayor finalizó su curso de 5º de Primaria. Como día festivo y de diversión que era para todos los alumnos de su colegio, por la noche celebraban la despedida oficial con unas actuaciones musicales que, junto con sus profesores, se habían preparado durante las semanas precedentes. En el descanso de estas actuaciones, el colegio entregó los diplomas honoríficos de cada curso y, entre ellos, los premios del concurso literario de los alumnos. Pues bien, mi hijo tuvo la suerte de ser el ganador en su categoría, la de los alumnos de primaria.

El barco de Piratas del Caribe.

Lógicamente, como no podía ser de otra forma, la alegría fue tremenda (también para nosotros los padres), no ya por lo inesperado del galardón, sino por la ilusión que le hizo a Sergio el hecho de ser merecedor de esta distinción entre la gran cantidad de redacciones que se presentaron por los alumnos de los últimos cursos de primaria. Como quiera que lo que él escribió fue su aventura (sí para él y para su hermana menor, Elena, fue una auténtica aventura) en el reciente viaje a Disney y París, lo voy a publicar en este blog donde, hasta ahora, no había escrito nunca nada referente al país de Mickey. Y no hay mejor excusa ni momento para hacerlo que éste.

A él y a Elena, su hermana, va dedicado este post, dos niños que empiezan a saborear el gusto que sus padres tienen por París. No quisiera olvidarme del Colegio Los Rosales de Sevilla cuyo profesorado nos ayuda con entusiasmo en la difícil tarea de educar a nuestros hijos. También va dedicado a ellos.

Mickey.

El titulo es “Mi viaje a otro mundo” y el texto dice así:

Érase una vez … ¡un día muy importante en mi vida!

Fue aquel sábado 19 de mayo del pasado año cuando, después de muchos meses de preparación, este jovencito que les escribe, se disponía a recibir la primera comunión junto con algunos de sus compañeros del colegio. Mis amigos, mis primos, mis tíos y mis abuelos estaban allí haciéndome compañía.

Ahora que lo recuerdo después de haber pasado ya algún tiempo, puedo asegurar que aquel día fui muy feliz. Como es costumbre en estos casos, mi familia me hizo muchos regalos: unos los celebré muchísimo (mp4 y PlayStation) y otros me vinieron muy bien (cámara de fotos, reloj, ropa de deporte, etc.) porque eran cosas más prácticas. ¿Qué voy a decir? No estaba agradecido, sino agradecidísimo, a toda la familia por lo bien que se habían portado conmigo.

Sí, es verdad que todos los niños cuando hacen la primera comunión reciben regalos, pero yo me sentía muy contento de tener esta familia y de que todos tuvieran un detalle en este día tan importante para mí.

Pero lo mejor estaba por llegar. Mis padres y mi hermana Elena me tenían reservada una sorpresa. Era un sobre. O sea quiero decir que era un sobre sorpresa.

El castillo de la Bella Durmiente.

Era alargado y con solapa adhesiva, solapa que pronto voló ya que no me costó mucho trabajo abrir. Despegándola, con muchos nervios, logré sacar un papel del interior que tenía el siguiente texto: “Regalo de un viaje a Disney-París”.

Ya se imaginarán que la sorpresa fue mayúscula. Era un sueño para mí. Mickey, el Capitán Garfio o Peter Pan estaban esperando que un mocoso de Sevilla fuera a hacerles una visita. Y, por mí, que fuera lo antes posible.

Pero pasó casi un año.

¿Por qué? Porque teníamos que escoger una fecha que nos viniera bien a todos, a mi hermana y a mí para que no faltásemos a clase y a mis padres para que pudieran disfrutar de unos días de vacaciones.

El castillo de la Bella Durmiente visto desde el castillo de Alicia.

Pasando las fiestas de navidades ya mis padres fueron definiendo algo más la cuestión. La fecha estaba decidida, sería durante la Feria de Sevilla. Las dudas estaban en los días que estaríamos allí. Mi hermana, mi madre y yo queríamos estar cuatro días en Disney y uno en París. Mi padre, por el contrario (algún día les contaré el cariño que le tiene mi padre a París), decía que tres días en Disney y dos en París, como mínimo. Las discusiones sobre esto eran continuas y la fecha se acercaba sin darnos cuenta.

La solución nos la dio la chica de la agencia de viajes: si retrasábamos un par de días el viaje podríamos coger una oferta especial. Y eso fue lo que hicimos: cuatro días con Mickey y otros dos con la Torre Eiffel.

Entrada al Parque Disney.

Durante los días anteriores al viaje, mi padre, a la hora de dormir, nos contaba a mi hermana y a mí cómo era París (ya les he dicho que lo de mi padre con París es para escribir una novela… o un blog, que está ahora más de moda).

Nos describía la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, la Catedral de Notre Dame o los paseos en barco por el Sena. También nos contaba algo del parque Disney, pero eso con menos entusiasmo.

Minnie.

Y llegó el día.

O mejor dicho, llegó la noche, porque era la primera vez que me levantaba a las cuatro de la mañana para algo, en este caso para coger un avión. Me sorprendió ver las calles oscuras, vacías y silenciosas, con algún que otro coche. Parecía como si cerraran las calles y no las abrieran hasta por la mañana temprano.

Mi tío Julio nos recogió y nos llevó hasta el aeropuerto. Aquello era nuevo para mi hermana y casi diría que para mí también porque yo sólo monté en avión cuando tenía cuatro años y no recuerdo casi nada.

Walt Disney con el ratón Mickey.

Afortunadamente no había cola en el mostrador de facturación. Pusimos las maletas sobre unas cintas y pronto desaparecieron de nuestra vista. Después pasamos por los arcos de vigilancia. Allí nos quitamos los cinturones, los relojes, dejamos las monedas y los teléfonos móviles en una bandeja e incluso a mi madre le hicieron quitarse las botas…

El vuelo fue bueno. Partimos a las siete de la mañana y a las nueve estábamos aterrizando en París-Orly. Ya digo, un viaje tranquilo y con mi hermana algo revoltosilla de un asiento a otro. Debían ser los nervios.

Goofy.

A la llegada nos esperaba un autobús con destino Disney. Tres cuartos de hora más tarde éramos una familia más de la cola de la recepción del Hotel Cheyenne, que más que un hotel, es un pueblo grande, con sus calles, sus tiendas, su río, su restaurante y ¡hasta un campamento apache!

Aunque mi padre se defiende bien con el inglés, fue una suerte que la recepcionista fuera española y nos lo explicara todo en español. Así nos enteramos mucho mejor. Dejamos las maletas en consigna, tomamos el autobús hacia el parque de atracciones y nos dispusimos a pasar un gran día.

Nada más llegar al parque nos encontramos con una fachada muy bonita que tenía un reloj con la figura de Mickey y unos jardines muy bien cuidados. Tras pasar la entrada nos fuimos a buscar un plano de los dos parques. Ahora me doy cuenta que realmente aquella entrada era un paso a otro mundo.

Hotel Cheyenne.

En el parque Disney hay 4 zonas: Discoveryland, Fantasyland, Adventureland y Frontierland, pero nosotros queríamos ir, antes que a ningún sitio, a conocer el castillo de la Bella Durmiente, un lugar mágico, de dibujos animados.

Al cabo de un rato entramos a la zona de la fantasía. Nos montamos en el Carrusel de Camelot, en las tazas de la Bella y la Bestia; navegamos en los barcos del Pequeño Mundo (Small Word), una de las atracciones que más me gustó; volamos, sí volamos, en el barco de Peter Pan; entramos en las habitaciones de Pinocho y Blancanieves; volamos montados en Dumbo; paseamos en el Pequeño Tren del Circo; navegamos por el País de los Cuentos y nos perdimos en el laberinto de Alicia.

Así, resumido, parece poca cosa, pero fue un día muy intenso. Solo paramos para descansar y comer unas pizzas durante poco más de media hora.

El tren.

Lo mejor estaba por llegar. A las siete estábamos preparados para ver la cabalgata de Magic Dreams, un mundo de ilusión, fantasía y música. No nos dimos cuenta de lo cansados que estábamos hasta que llegó la noche y volvimos a nuestro hotel en autobús. Recogimos las maletas y nos dirigimos a nuestra habitación… a dormir. Mañana sería otro día.

Pluto.

El día siguiente nació espectacular, con sol, buena temperatura y un desayuno alucinante. El desayuno era el mejor momento del día. Podía tomar todo lo que quisiera de un buffet muy variado, desde cola cao hasta pasteles, pasando por bocadillos, chacinas, frutas, quesos y zumos. ¡Qué bueno estaba todo!

Después cogimos el autobús para Disney, como era habitual. Este día entramos en el parque de las películas, donde había un gran salón con tiendas y coches antiguos y, al salir de él, una estatua de Mickey con Walt Disney.

El parque era igual que el otro, pero con menos atracciones y lo cerraban a las seis de la tarde. Así que cuando cerraron éste nos fuimos al otro donde nos montamos en más atracciones, especialmente en la de los Piratas del Caribe.

Buzz Lightyear.

Hicimos un poco de tiempo hasta las diez de la noche que era el momento del espectáculo nocturno sobre el castillo de la Bella Durmiente, algo verdaderamente espectacular. Cuando acabó nos fuimos al hotel a dormir. El martes terminó así. El miércoles no iba a ser igual. A mi padre le dimos permiso para que se fuera a París él solo. Así es que cuando se marchó nos fuimos a desayunar y otra vez al parque, en este caso al de Disney.

Este día iba a ser especial, porque descubrí mi atracción preferida: la de Buzz Lightyear. Se trataba de un viaje al espacio en unas naves con pistolas láser para cazar alienígenas y con marcador para ver quién mataba más. Con mi madre empaté 5-5 porque la pistola hizo algo raro que le sumó 50.000 puntos y eso no me gustó. Después me monté en algunas atracciones más y, por la noche nos fuimos al hotel.

La cabalgata Magic Dreams.

Los tres días anteriores se nos pasaron volando. El parque nos lo conocíamos ya muy bien y nos movíamos rápidamente de un lado a otro, incluso aprovechamos un hueco y nos montamos en el Tren Disney que daba una vuelta entera al recinto. ¡Qué más podría contar que no fuera lo bien que nos lo estábamos pasando!

El cuarto día finalizaba y al día siguiente partíamos a París. Nos tocó dormir por última vez en la habitación número 216 del Hotel Cheyenne. A la mañana siguiente preparamos las maletas y, en el desayuno, mi padre nos propuso que él se quedaba con ellas y mi hermana, mi madre y yo podíamos volver de nuevo al parque y pasar allí toda la mañana…

La cabalgata Magic Dreams.

Creo que mi padre dijo esto para quedar bien con nosotros, pero los tres le tomamos la palabra y nos fuimos al parque de atracciones que, además, estaba situado justo al lado de la parada del tren que nos llevaría hasta París.

Aprovechamos esa mañana y a la una de la tarde, todos estábamos montados en un tren de dos plantas con dirección a la estación Chatelet de París. Allí comenzó otra aventura, pero esa os la contaré otro día. Au revoir!

El gran Mickey.

*Escrito realizado por Sergio Jiménez para el concurso literario del Colegio Los Rosales de Sevilla.

 

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Un pensamiento en “Disney-París. “Un viaje a otro mundo” (por Sergio).

  1. Buena aventura y buena redacción (de premio), me quedo con ganas de leerle la parte que le toca a París, cuando la escriba nos la pones aquí (aunque no reciba ningún premio). Saludos para toda la familia.

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