La leyenda del Espíritu de la Libertad.

El Espíritu de la Libertad.

Cuenta la leyenda que, en los alrededores de la antigua cárcel de La Bastilla, sobre la llamada “Colonne de Juillet” (“Columna de Julio”), algunas noches cuando la oscuridad inunda de opaca luz este monumento ocurre un acontecimiento tan extraordinario como el que les voy a relatar.

En la cúspide de la columna, a unos 50 metros de altura existe una estatua dorada que representa a un ángel al que se le ha dado el inspirador nombre de “Espíritu de la Libertad”. Este ángel libertario, apoyado sobre la pierna izquierda, amaga un intento de saltar animosamente mientras sostiene una antorcha encendida con la mano derecha y unas cadenas con  la mano siniestra.

La antorcha y las cadenas del Espíritu de la Libertad.

Y todo comenzó, hace muchos años, en una noche oscura de otoño norteño, una noche en la que el viento mareaba las hojas caducas que dormían sobre la helada acera de París. Cuenta la leyenda que, recién inaugurada la Columna, de madrugada, cuando el alma del pueblo de París gozaba de la dulce calidez de las viviendas y sólo se escuchaba el continuo crepitar de las ramas de los árboles quebrados por la fuerza del viento, un borracho que dormía al resguardo de algún portal cercano, escuchó unos acompasados golpeos metálicos. 

Atraído por el continuo tintineo, levantó su cansado cuerpo y se abrigó con un roído gabán que le protegía ante el frío de la noche. Deslizó su miraba a derecha e izquierda con la lentitud de los ojos legañosos recién abiertos, pero su torpe visión no le permitió averiguar de dónde provenían tales sonidos.

El escorzo del Espíritu de la Libertad.

Ocurrió entonces que la luna apareció por un instante entre las grises nubes colocándose justo tras la figura del ángel en línea recta frente a los ojos de este estrafalario personaje.

Éste alzó la vista hasta el centro de la plaza y allí vio el acontecimiento más extraordinario de su vida: el ángel, cansado de apoyarse sobre su pierna izquierda, saltaba y cambiaba su extraordinario escorzo tornando la posición de verticalidad de ambas piernas, de modo que cuando una de las piernas se apoyaba sobre la columna, la otra descansaba del esfuerzo de mantenerse en la posición inicial.

Asustado el borracho por el acontecimiento, se abrochó el abrigo, se ajustó el sombrero ajustándoselo hasta cubrir sus cejas, dio un paso hacia atrás y tornó su cuerpo para encerrarse en el interior del portal asustado por su visión. El frío, el miedo y su conciencia le obligaron a un retiro interior inviolable por las fuerzas del mundo exterior.

El borracho no se atrevió a decir nada hasta bien entrada la mañana siguiente.

Al amanecer volvió su mirada hasta el centro de la plaza y allí comprobó como el ángel, de nuevo, apoyado sobre su pierna izquierda, tenía la misma posición de todos los días. Cuando contó lo que le había ocurrido la madrugada anterior, su olor a vino le delató. Nadie le creyó.

¿Nadie?

No lo sé, el pueblo de París, amante de sus mitos y leyendas, cree que, en las noches de luna clara, cuando nadie merodea por los alrededores de la Bastilla, en un alarde de mágico equilibrismo, el “Espíritu de la Libertad” troca su postura rígida por un movimiento que permite el descanso de su pierna izquierda.

El Espíritu de la Libertad, al llegar la noche. (AGPhotographe).

Y si alguno de vosotros pasea por la Bastilla en una noche oscura, no miren hacia arriba si oyen un metálico tintineo. Puede que cuando cuente lo que vean, le tomen por loco.

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