¿Por qué no tiene brazos la Venus de Milo?

 

La Venus de Milo, en el Museo del Louvre.

La Venus de Milo, en el Museo del Louvre.

Es el Museo del Louvre, posiblemente junto con el British Museum, el museo más famoso del mundo y el que más colecciones de mundo antiguo posee. En el Museo del Louvre podemos ver miles y miles de objetos y obras de arte que tienen un valor incalculable. Sin embargo, para mi hay tres obras que forman la Santísima Trinidad del Louvre y que, en su primera visita, no deben perderse por nada del mundo.

Por supuesto, el cuadro de la Gioconda de Leonardo da Vinci es la más conocida y la más espectacular de todas (también la más visitada y la más protegida). Tras ésta, dos esculturas helenísticas completan el trío, la Victoria de Samotracia (que pueden ver en este enlace) y la Venus de Milo, la obra a la que nos vamos a referir en el día de hoy y de la que vamos a contar un poquito de su historia.

La cabeza de la Venus de Milo.

La cabeza de la Venus de Milo.

La Venus de Milo es una de las estatuas más representativas del período helenístico de la escultura griega y una de las más famosas esculturas de la antigua Grecia. Se cree que fue creada en algún momento entre los años 130 y 100 a. C., y los críticos de arte piensan que representa a Afrodita (denominada Venus en la mitología romana), diosa del amor y la belleza. El bloque de mármol conjunto mide, aproximadamente, 211 cms de alto.

La escultura fue hecha en mármol blanco, en varios bloques cuyas uniones no son visibles, en un tamaño ligeramente superior al natural. Se desconoce su autor, pero se ha sugerido que pudiera ser obra de Alejandro de Antioquía. Esta escultura posee un estilo característico del final de la época helenística, que retoma el interés por los temas clásicos al tiempo que los renueva.

La isla de Milos, vista de satélite de la isla, con las islas vecinas de Kimolos (norte), Polyaigos (este), Antimilos (oeste).

La isla de Milo, vista de satélite de la isla, con las islas vecinas de Kimolos (norte), Polyaigos (este), Antimilos (oeste).

Esta estatua fue encontrada en la isla de Milo (o Milos, en las Islas Cícladas), de ahí viene el sobrenombre de la Venus.

La estatua se encontró semienterrada, en dos pedazos, el 8 de abril de 1820 por un campesino llamado Yórgos Kendrotás. Cerca de la estatua se encontró un fragmento de un antebrazo y la mano con una manzana y estos restos son considerados parte de sus brazos.

Yórgos dejó una mitad de la Venus en el mismo lugar donde la había encontrado por no poder desenterrarla, pues su peso es de al menos 900 kilos, y la otra mitad la llevó al establo, ofreciendo en primer lugar la venta de la estatua a un clérigo ortodoxo.

La Venus de Milo sin sus brazos.

La Venus de Milo sin sus brazos.

 

En aquellos momentos se estaba librando la última etapa de la Guerra de Independencia de Grecia del Imperio Otomano, y el clérigo griego contactó, para eludir a las autoridades turcas, con un oficial naval francés Jules Dumont D’Urville, quien enseguida reconoció el valor de la estatua y presuntamente arregló con el clérigo una compra a cota del pecunio del embajador francés en Constantinopla, el Marqués de Riviere, quien la adquirió para el Imperio francés completa.

Ésta es la versión oficial, aunque algunos historiadores apuntan a que la estatua salió de la isla por la fuerza, en un barco que fue atacado por los turcos y en cuya pelea la estatua perdió los brazos que quedaron en poder de los turcos. Lo cierto es que después de algún trabajo de reparación, la estatua fue presentada al Rey Louis XVIII en 1821. Finalmente, el Rey la entregó al Museo del Louvre en París, donde todavía se muestra hoy a la admiración pública.

La Venus de Milo.

La Venus de Milo.

La Venus de Milo salió de Grecia el 1 de marzo de 1821, apenas veinte días antes de que la Grecia moderna declarara su independencia del imperio otomano, el 25 de marzo de ese mismo año. Pocos años antes, en 1815, el Museo del Louvre había tenido que devolver a Italia, su lugar original, otra escultura famosa, la llamada Venus de Médici, traída a París por Napoleón Bonaparte y que la restaurada monarquía francesa había devuelto a Italia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la estatua permaneció en el Castillo de Valençay. En 1960, una comisión de arqueólogos turcos presentó ante André Malraux una petición en la que reclamaba la devolución de la Venus de Milo. Este pedido se basaba en un informe del jurista Ahmed Rechim, quien acusaba a los franceses de haber robado la estatua y decía que esta pertenecía al imperio otomano. Calificaba el descubrimiento de Yorgos como un «incidente» y que sólo tres familias conocían la ubicación de los brazos de la Venus, y al final, Ahmed acaba con un mensaje amenazador:

Si Francia devuelve la estatua, Turquía retornará los brazos a su lugar, dotando al mundo de una gran obra en todo su esplendor original; de lo contrario, la Venus de Milo seguirá mostrando sus muñones en el Museo de Louvre.

Malraux se negó a devolverla. Esta es la razón por la que no podemos ver en el Louvre a la Venus de Milo con sus brazos originales.

La Exedra Norte del Jardín de las Tullerías (2): Hipómenes y Atalanta.

 

Frente a la estatua del fauno nos encontramos otras dos, Hipómenes y Atalanta.

Frente a la estatua del fauno nos encontramos otras dos, Hipómenes y Atalanta.

Con la estatua del fauno del cabrito sólo pudimos ver una parte de la capacidad escultórica de la Execra norte del Jardín de las Tullerías. En el extremo este de la mima nos encontramos con dos estatuas sobre pedestal que representan a un nuevo mito de la civilización deíctica griega, son las figuras de Hipómenes y Atalanta.

Al igual que la estatua del fauno, estas nuevas representaciones no son las originales, sino copias de otras que se hayan expuestas en el vecino Museo del Louvre. En el museo están instaladas según el sentido natural de la acción de ambos figuras, Hipómenes a la derecha de Atalanta pues el primero quien lanza unas manzanas a la segunda con su mano derecha en dirección a la izquierda.

Hipómenes, de Guillaume Coustou, a la izquierda. Atalanta de Pierre Lepautre, a la derecha de la foto.

Hipómenes, de Guillaume Coustou, a la izquierda. Atalanta de Pierre Lepautre, a la derecha de la foto. En el Museo del Louvre.

Sin embargo, en la exedra están colocados al revés, es decir, con Hipómenes a la izquierda , mirando hacia el exterior del estanque y con intención de lanzar la manzana hacia fuera y no hacia el camino de Atalanta como ahora vamos a ver en la explicación de mito. Sigue leyendo

Louis XIV y Bernini, un conflicto de estilos.

 

La estatua que Bernini hizo del Rey Lois XIV.

“París bien vale una visita en la vida”.

Eso es lo que debió pensar el gran Gianlorenzo Bernini cuando le propusieron trabajar para el embellecimiento escultórico de una de las alas del actual Museo del Louvre que, entonces, era el Palacio Real de la monarquía borbónica francesa.
Era la conjunción perfecta, el monarca más poderoso del mundo encarga unas esculturas al artista más genial en aquellos momentos. Exactamente igual que hizo, años antes, el Rey Francisco I con el inigualable Leonardo da Vinci.

El patio del Museo del Louvre, el Cour Napoleon.

Sin embargo, no todo en la capital francesa salió al gusto del escultor pues el trabajo sobre las fachadas del ala Denon del Louvre hubo de ser finalizado por el francés Claude Perrault. Sigue leyendo

La “Victoria alada de Samotracia”, inspiración de la marca Nike.

 

La Victoria de Samotracia colocada en el Louvre.

Los que tenemos cierto gusto por la historia de la humanidad podemos sentirnos agraciados cuando visitamos museos tan completos como el British Museum de Londres o el Louvre de París.

Dejando a un lado la polémica que podría suscitar el mayor o menor expolio de ejércitos colonizadores como el británico, el francés o el alemán, debemos agradecer a estas entidades museísticas la posibilidad de ver y estudiar el recorrido de nuestros antepasados a través de sus obras artísticas, orfebres, religiosas o arquitectónicas.

Como éste es un blog dedicado a París, y aprovechando su reciente restauración, hoy vamos a dedicar unas líneas a una de las obras más conocidas de las que allí se exponen.

Todos conocemos de sobra la importancia que tiene el cuadro de la Gioconda de Leonardo da Vinci para este museo. Nadie lo discute, pero no podemos resumir a este magnífico museo en una sóla obra.

Allí podemos ver piezas desde la época egipcia, persa, griega, romana, etrusca, paleocristiana, por poner sólo algunos ejemplos, hasta obras maestras del siglo XVI o XVII.

Los visitantes del museo, por lo general, vamos buscando las dos más conocidas, la citada Gioconda y la Venus de Milo (de ambas hablaremos en futuros post) pero, a mí personalmente, hay una que me atrae por su belleza: la Victoria alada de Samotracia.

Una escultura de casi dos metros y medio que, colocada a modo de proa de navío (como Kate Winslet en la película Titanic) recibiendo frontalmente el viento con sus alas desplegadas y sus livianos ropajes mojados ondeando a merced de la fuerza del aire. Sigue leyendo

La imaginaria Línea Arago.

 

Desde muy antiguo, el hombre ha querido poner límites geográficos a la Tierra y ha evidenciado una innegable necesidad de introducir magnitudes de medición que permitan a cartógrafos, geógrafos e, incluso, astrónomos tener una posibilidad de situar un punto con exactitud en nuestro planeta. Hasta 1884, momento en que se celebró la Conferencia Internacional del Meridiano, eran varios los puntos de partida utilizados para medir la tierra hacia derecha e izquierda. En este momento se tomó como medida universal el Meridiano de Greenwich. Pero este meridiano no fue el primero ni el único que existió en nuestro planeta.

Medallón Arago situado entre el 152 y el 154 del Boulevard Saint Germain .

Uno de los que existió hasta entonces fue, precísamente el Meridiano de París, una línea imaginaria que pasaba por el Observatorio Astronómico de la ciudad.
Hoy nos vamos a referir a esta línea imaginaria que, con el paso del tiempo ha tenido su réplica sobre el suelo de París. Más aún después de que Dan Brown publicara su célebre obra “El Código da Vinci” en el que se le menciona en varias ocasiones identificándola con la Línea Rosa.

François Arago, quien dio nombre a esta línea imaginaria, fue un astrónomo francés que nació en 1786 muy cerca de Perpignan y su familia era catalanoparlante. Su padre era un campesino acomodado que pudo dar carrera universitaria a varios de sus ocho hijos. Estudió en el instituto público de Perpignan. Mostrando gustos militares desde su infancia, se centró en el estudio de las matemáticas para preparar el concurso de ingreso en la Escuela Politécnica de París.

Medallón Arago situado en los Jardines de Luxemburgo.

En dos años y medio consiguió el nivel adecuado en todas las ciencias exigidas para el concurso de ingreso en la escuela. Fue admitido con la nota más alta de su promoción y se matriculó en la sección de artillería, pero se quejaba del nivel insuficiente de los profesores. Criado en un ambiente republicano, se negó (junto con otros alumnos) a felicitar a Napoleón con motivo de su coronación en 1804, desobedeciendo las normas de esta Gran Escuela.

En el año 1804, gracias a la recomendación de Siméon Poisson y Pierre Simon Laplace, recibió el cargo de secretario-bibliotecario del Bureau des Longitudes (Oficina de las Longitudes) del Observatorio de París mientras seguía estudiando en la Escuela Politécnica. De esta forma consiguió ser incluido junto con Pierre-Simon Laplace y Jean Baptiste Biot en el grupo llamado a completar las medidas del meridiano que empezó años antes J. B. J. Delambre.
Ahí empezó su andadura en busca del meridiano exacto, un meridiano que pasaba por París.
Arago tuvo la suerte de preservar todos los resultados de sus investigaciones y los depositó en el Bureau des Longitudes de París. La calidad de sus trabajos le convierten enseguida en un ciéntifico renombrado no sólo en el seno de la comunidad científica sino también en la opinión pública.

Medallón Arago situado en el Palais Royal.

En 1830 Arago, que siempre había profesado ideas republicanas, fue elegido diputado por los Pirineos Orientales y mantendrá su escaño durante toda la monarquía de julio. A ello dedicó todos sus recursos oratorios y científicos centrándose en la cuestión de la educación pública, la mejora de las condiciones de vida de los obreros, el sufragio universal, los premios a los inventores y el apoyo a las ciencias. Después de los acontecimientos de febrero de 1848 que provocaron la caída del Rey Louis Philippe I, Arago es nombrado miembro del gobierno provisional como Ministro de la Guerra, la Marina y las Colonias, y proclamó la República ante el pueblo de París.

Regresó a su puesto en el Observatorio donde prosiguió con su incansable labor científica. Casi no volvió a pisar la Asamblea, a pesar de ser reelegido diputado en 1849.

Tras el golpe de Estado de Luís Napoleón en diciembre de 1852, Arago intentó movilizar a la Academia sin éxito. Obligado como funcionario a prestar juramento al Emperador, se negó y dimitió, pero Napoleón le aseguró que no sería inquietado.

Afectado de diabetes y de problemas intestinales, falleció al año siguiente en París. Fue enterrado en el cementerio de Père-Lachaise.

Medallón Arago situado en el Cour Napoleon del Louvre.

De la importancia de este personaje han quedado evidencias en París.
Hay un boulevard dedicado con su nombre que linda con el edificio del Observatorio Astronómico de París.
Arago también es uno de los 72 científicos cuyo nombre Eiffel mandó grabar en las cuatro caras de la torre que levantó.
Pero en París también hay un monumento con el que se le recuerda, un monumento imaginario que mide 9 kilómetros de largo y que es difícil de apreciar: la célebre línea Arago.

Esta es la historia. En 1893 se decide erigir una estatua de bronce con la efigie del astrónomo junto al Observatorio de París, sin embargo, en 1942, debido a las necesidades de construir cañones para la II Guerra Mundial, el gobierno francés la funde y desaparece.

Cuarenta y dos años más tarde, en 1994, el gobierno de la ciudad decide restablecer el honor a Arago y pide al artista holandés Jan Dibbets su construcción. Este artista, inspirándose en el célebre Meridiano de París calculado por François Arago, diseña 135 medallones de bronce de 12 centímetros de diámetros que fueron colocados en el suelo de la ciudad a lo largo del meridiano en dirección sur a norte.

Los medallones indicando la línea Arago a su paso por el Museo del Louvre.

 

Muchos de estos medallones han desaparecido con el tiempo, bien por robo o por pérdida. Otros se encuentran en muy mal estado y se distinguen por su forma no por ser legibles o reconocibles por algún signo. Otros muchos están en buen estado y es una tarea difícil y ardua ir en su busca.

Aquí os acompaño de un plano para quien quiera hacerlo. Armaos de paciencia porque un meridiano (aunque sea sólo sobre París) no se recorre en un sólo día.

Arago1

 

Arago2

 

Arago3

La Pirámide invertida del Louvre y “El Código Da Vinci”.

 

La sala donde se encuentra la pirámide Invertida del Louvre.

Hace ya algunos meses, el pasado 7 de Abril, escribí un post titulado “La pirámide de I. M. Pei” en referencia a la famosa Pirámide del Louvre que ocupa el centro del Cour Napoleon y sirve, hoy día, de entrada principal al recinto museístico.

Advertí también, entonces, de la existencia de una segunda pirámide mucho menos conocida y mucho más enigmática que la ya mencionada.

A este enigma ha contribuído el libro “El Código Da Vinci” de Dan Brown, otorgándole un grado de notoriedad esotérica y religiosa que anteriormente no tenía.

Desde entonces, esta pirámide ha sido considerada como uno de los puntos de la ciudad más importante para visitar por los turistas llegados a la capital de Francia en busca de referencias físicas para la comprensión de dicho libro.

Nos estamos refiriendo a la Pyramide Inversée o Pirámide Invertida del LouvreSigue leyendo

La Virgen de las Rocas y “El Código Da Vinci”.

“La Virgen de las Rocas”, de Leonardo Da Vinci, en el Museo del Louvre.

“La Virgen de las Rocas” no es de los cuadros más conocidos del maestro Leonardo da Vinci. Está actualmente colgado en el Museo del Louvre, aunque en la National Gallery de Londres hay otro con el mismo nombre y realizado por Leonardo una década después.

Sin embargo, hoy nos referimos a este óleo porque, desde el punto de vista de la resolución del enigma, es uno de los elementos importantes de el libro “El Código Da Vinci”.

Dan Brown, al igual que hace en muchos aspectos de su obra, tergiversa ciertos hechos reales para adaptarlos al interés novelístico y al trama literario. “La Virgen de las Rocas” no queda al margen de dicho manejo realidad-ficción y hoy vamos a tratar de descubrir estas incongruencias.

“La Gioconda”, de Leonardo Da Vinci, en el Museo del Louvre.

Estamos en el capítulo 30 de dicho libro.

Allí Robert Langdon y Sophie Neveau están en la Sala de la Gioconda, en el ala Denon del Museo del Louvre.

La policía le sigue los pasos y están a punto de detenerles.

Los mensajes encriptados de Jacques Saunière, el Conservador del Museo más famoso del mundo, recién asesinado, a su nieta Sophie nos llevan desde el cuadro de La Gioconda hasta la pared de enfrente, donde está situado el cuadro “La Virgen de las Rocas”.

Allí descifran el último anagrama ante la atenta mirada de un guardia de seguridad con el revólver apuntándoles.

El resto de la trama no interesa en este momento. (Para su mejor comprensión, al final del post transcribo literalmente el texto de este capítulo).

Dan Brown recrea esta escena policíaca en la Sala de La Gioconda. Si entramos en el propio Museo del Louvre por la pirámide de cristal, una vez bajadas las escaleras mecánicas, tendríamos que dirigirnos hacia el ala Denon del museo que es el ala del edificio que da a la orilla del río Sena.  Sigue leyendo

La Pirámide del Louvre, obra de I. M. Pei.

 

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¿I. M. Pei?.

¿De qué me suena este nombre?.

¿Dices que es un arquitecto?.

Por el nombre será chino, ¿no?

Dices que no, que ahora es americano, pero que nació en Guangzhou.

Pues no, no le conozco.

¿Y si te dijera que es quien diseñó la Pirámide de entrada al Museo del Louvre y la comunicación interior entre las tres alas del mismo?

Ah, pues ahora sí que caigo, pues ya tuvo redaños para atreverse a diseñar este gigante de acero y luz en medio del Museo del Louvre, en el mismísimo Cour NapoleonSigue leyendo

El Código de Hammurabi brilla en el Louvre.

Código de Hammurabi Louvre (1)

“Ojo por ojo, diente por diente”.

Estoy seguro de que muchos de los lectores de esta página hemos leído esta sentencia coloquial con terminología jurídica en alguna publicación escrita o cuando estudiábamos en nuestra educación general básica la historia de las antiguas civilizaciones (la ya lejana E.G.B.).

Después, es muy posible que, en alguna que otra conversación cotidiana, hayamos echado mano de este legado judicial que parece una “ecuación con doble multuplicación” (por… por…)

Pero lo que no nos enseñaban, o al menos yo no lo recuerdo (y reconozco que era buen estudiante), es que esta norma jurídica estaba impresa en un monolito basáltico y mostrado al público en un museo tan prestigioso como el Louvre parisino.  Sigue leyendo